Pues escribo. Escribo y hago cosas. Cosas bien tercas que nadie quiere escuchar, como los últimos versos del poeta yihaidista antes de enfilar las Ramblas, como los grititos de placer que emite cada vez que se corre Aznar1. Otras veces me pongo más tierno que un sandwich de pony y otras, simplemente, dejo que esas voces que me dicen que lo queme todo escriban por mí. Federico García Lorca, hijo de puta2.

72 vírgenes allí o,

apretarme el cinturón

¡Boom!

Haiku salafista

1. De hecho, esta nota aclaratoria es bastante superflua puesto que la imagen sugerida mediante el texto es más que descriptiva y pocas personas pueden representar mentalmente a nuestro expresidente copulando con Ana (o con cualquiera de sus putitas neoliberales) sin arrugar el hocico en un rictus de asco. Cierto que esta recreación nauseabunda podría evitarse, pero por eso no significa que no exista. El auge de las telecomunicaciones y, en particular, de las Redes Sociales, ha dado lugar a una sociedad naïf, que evita la confrontación real con cualquier aspecto negativo de la vida. El dolor, el asco, la miseria, el horror, se han convertido en un espectáculo ajeno al que asistimos ocasionalmente a través de nuestras pantallas. Todo es Mr. Wonderful hasta que la realidad nos golpea dejándonos aturdidos y desorientados, sin saber cómo actuar porque la falta de contacto directo con la realidad ha entumecido nuestra capacidad de reacción. Cuando escribo sobre Aznar, Rajoy o Soraya Saenz de Santamaría follando, no lo hago por gusto. Es para que estés preparado cuando te den por culo.