Pues escribo. Escribo y hago cosas. Cosas bien tercas que nadie quiere escuchar, como los últimos versos del poeta yihaidista antes de enfilar las Ramblas, como los grititos de placer que emite cada vez que se corre Aznar. Otras veces me pongo más tierno que un sandwich de pony y otras, simplemente, dejo que esas voces que me dicen que lo queme todo escriban por mí. Federico García Lorca, hijo de puta.

72 vírgenes allí o,

apretarme el cinturón

¡Boom!

Haiku salafista